lunes, 20 de abril de 2015

Huir no sirve de nada

Una de las soluciones más usadas y tomada como la más práctica en situaciones difíciles es huir, en lugar de afrontar la situación. Huimos de las confrontaciones diarias y los problemas de convivencia, haciéndonos de la vista gorda y tolerando las insatisfacciones que sentimos con la vida o con el comportamiento de los demás, específicamente de los seres con los que compartimos la mayor parte de nuestro día. Muchas personas piensan que esto es sano y les aporta buenos resultados, pero en el fondo, dentro de sí, siguen sintiéndose molestos, y para eludir o evitar esa molestia, se enrolan en actividades que les mantengan ocupados mentalmente para pensar lo menos posible en el problema que les atormenta.
Resulta que esa solución evasiva y hasta cierto punto falsa e irresponsable, termina abocándolos de lleno al problema, y lo que tal vez era un problema superficial y menor, fácil de erradicar con tan solo una conversación ecuánime, madura y respetuosa, se convierte en un problema enorme que marca nuestra vida, nos roba la tranquilidad, la alegría, incluso hasta la salud y nos puede causar la muerte.

Cuando el problema es simple, no debemos darle larga, conversar y resolverlo de una vez y no esperar a que se complique es lo más sensato, los problemas simples, tienen soluciones simples, los complicados, soluciones complicadas. Siempre tendemos a esperar que se compliquen las cosas para darle seguimiento, debido al alto grado de tolerancia que nuestra cultura enseña, la buena noticia es que ambos casos tienen solución. 
Ahora bien, los problemas internos, que forman parte de nuestro karma existencial, hereditarios por así decirlo, de carácter y personalidad, anímicos, de percepción y conductuales y muy especialmente de actitud, ya sean traídos de fábrica o aprendidos, solo nosotros podemos resolverlos, somos sus causantes y únicos responsables. Si huimos de ellos, embarcándonos en actividades que los mantengan ocultos o aparentemente dormidos, y nos obliguen a ignorarlos, y tenerlos atrapados dentro sin permitirles que afloren ni ventilarlos al sol, crecerán más, internamente esparcirán raíces que nos aprisionarán cada vez más y más, hasta que ya no encuentren hacia donde ramificar y salgan al exterior convertidos en monstruos odiosos, amargados y enfermos, cuya cura puede resultar más venenosa que la misma enfermedad.    
Huir, nunca será la solución, pues no puedes esconderte de ti mismo por mucho tiempo por muy ocupado que estés, ya que cargas contigo siempre, con tus penas y alegrías, tus triunfos y amarguras, tú odio o tu amor, tu veneno o tu antídoto…, mientras más larga le damos, mas se recrudece el problema, mas difícil será erradicarlo o curarlo y más terrible y dolorosa la terapia de sanación.
Detente sin miedo, reconócete, acéptate, déjate ser y fluir (suelta y acoge), mejórate, luego notarás el cambio que los demás ya habían notado y de hecho ellos te hicieron notar, pues un cambio en tu actitud, refleja un cambio en la actitud de los demás. No lo aplaces, no huyas, enfréntalo y resuélvelo. Ve a tu interior, ya que nadie lo puede hacer por ti. 

Como dice el dicho en inglés: “When you gotta go. You gotta go”. 

Harolina Payano. Fluyendo armoniosamente. 

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