jueves, 21 de julio de 2016

Desnudando el ser

Para nadie es desconocido que venimos al mundo desnudos, del cuerpo y del alma, pues aunque tenemos sabiduría álmica, información almacenada y conocimientos adquiridos en otras vidas, o recibidos a través de nuestro código genético humano y del género sexual, al arribar el alma al vientre, nuestra mente cognitiva poco a poco va desaprendiendo hasta quedar en blanco o bloqueada de los recuerdos y vivencias de antaño, por lo tanto, al igual que el cuerpo al nacer, viene desnuda a vivir en este plano.

En vista de esta realidad, desde antes de nacer casi siempre ya esperan las vestimentas por nuestra llegada, tanto las del cuerpo como las del alma. Es casi en seguida que nos empiezan a manipular, a imponer condiciones y horarios, moldear y “educar”, empezamos a desaprender para poder aprender a sobrevivir en el arriesgado juego de la vida que recién iniciamos.


A partir de esos primeros comienzos, empezamos a vestirnos con capas y capas de un metal corrosivo y dañino que nos impide sentir la vida y palparla en todo su esplendor, nos vamos haciendo poco a poco de una armadura protectora para impedir que nos dañen, pero este impedimento lo que consigue es que el daño nos lo hagamos nosotros mismos, ya que esta armadura se soldará a nuestro cuerpo mental y cuando al fin el alma empiece a recordar y a nuevamente desaprender para retomar nuestra sabiduría inicial, nos será muy difícil y doloroso despojarnos de dicha armadura.

Al abrir mi mente y corazón a la verdad existencial, cuando empecé a escuchar o mejor dicho, a ponerle más atención a ese susurro del alma que siempre me hablaba y yo obedecía a medias, cuando en realidad cambió el tono cariñoso de su voz y se convirtió en voz grave y autoritaria, me dije: “Sí, ya lo sé debo:

Ver lo que todavía me falta por ver.
Aceptar lo que todavía me falta por aceptar.
Cambiar lo que todavía me falta por cambiar.
Dar lo que todavía me falta por dar.
Entender lo que todavía me falta por entender.
Descubrir lo que todavía me falta por descubrir.
Fluir lo que todavía me falta por fluir.
Amar lo que todavía me falta por amar... 

Debo despertar y trascender.


Hace más de quince años que empecé a despojarme de la armadura mental, que más que protegerme, me dañaba y aprisionaba. Tenía primero que curar y sanar las partes heridas y lastimadas por la presión que esta ejercía, antes de atender esa lista de deberes; hace un tiempo atrás empecé a trabajar con ella. 
Todavía me quedan algunas piezas de la armadura que no he podido retirar, están muy adheridas a la piel mental y debo hacerlo despacio, con mucho cuidado para evitar hemorragias álmicas.

Sé que cada día me da la posibilidad de curar una herida a la vez y avanzar hasta que pueda liberarme por completo de esa armadura que trataba de mantener reluciente por fuera, pero que olvidé que mientras más brillaba por fuera, mas se adhería y oxidaba por dentro, contaminando cada vez más mi piel y órganos mentales, mis pensamientos, y por ende mi cuerpo físico también.   


Este último proceso de desprendimiento hay que hacerlo con suma lentitud, dedicación y suavidad, como si nos acariciáramos, para así evitar desangrarnos, recordemos que llevamos casi toda la vida con esa armadura que fue nuestra protectora y amiga, aprendimos a quererla como si fuera nuestra propia piel, si lo hacemos de golpe y porrazo, podríamos perder el conocimiento y caeríamos en un coma o delirio irracional. 

Hay que tener paciencia para desnudar el Ser, el ritual es parecido a cuando nos desnudamos de manera sensual (con movimientos lentos, suaves y acariciadores) para acoplarnos en una danza erótica y llenarnos de placer. Si lo hacemos así, será menos doloroso y traumático, iremos soltando el miedo y nos llenaremos de un gozo infinito que nos provocará un orgasmo cósmico y por fin, seremos capaces de trascender.

I. Harolina Payano T. Fluyendo armoniosamente. 

Pedimos excusas si alguna imagen usada tiene derecho de autor, al avisarnos la retiraremos.