jueves, 24 de agosto de 2017

Creer, confiar y agradecer

Dicen que “Para muestras basta un botón”. En este enlace 
http://riouruguayseguros.com/site/el-origen-de-las-frases-ilustres-4/, me acabo de enterar que la frase se refiere a un botón de camisa (me creerán ignorante pero hasta hoy relacionaba esa frase con un botón de rosa). El dicho hace alusión a que hay personas que tienen un ojo clínico para descifrar y sacar conclusiones (para mayor entendimiento vean el enlace superior), pero la mayoría no es así, necesitan “Ver para creer” como cuentan del nombrado santo Tomás, y haciendo referencia a mi error con respecto a la frase, la mayoría necesitan ver el rosal completo. 


Haciendo un buen repaso de nuestra vida, podemos ver la cantidad de buenos momentos que hemos vivido o de los momentos dolorosos sufridos, que precisamente es en esos momentos de dolor cuando mas necesitamos y queremos ser ayudados y apoyados, y cuando mas ameritamos creer y confiar en que vendrá la ayuda o el consuelo. Pero si lo pensamos bien, en todo momento necesitamos esa ayuda divina, sin ella los momentos felices serian menos.
¿Alguna vez han pensado en las mínimas cosas en que hemos sido ayudados y apoyados por alguien o por alguna fuerza divina para sentirnos seguros y a salvo? Es muy probable que solo nos fijemos en las grandes cosas y no les prestemos atención a esas pequeñeces que construyen la grandeza de nuestra vida, esas que son la base para llegar a la meta y que sin esas pequeñas ayudas, de seguro no lo hubiéramos logrado.

Siempre me he caracterizado por ser agradecida, tanto de las pequeñas cosas como de las grandes, pero de un tiempo a esta parte he entendido que no existen las pequeñas cosas que agradecer, si no que cada cosa que agradecer es más grande de lo que pudiéramos imaginar. Nunca sabremos a ciencia cierta la magnitud de la ayuda que recibimos a diario, independientemente de que nos demos cuenta o no, de que lo demos por sentado, de que lo creamos o no y de que lo agradezcamos o no... Les contaré una anécdota reciente.


Bajando del parque de una de mis caminatas, precisamente cuando tomé las fotos para mi entrada anterior (la de los árboles), se me hizo de noche. Las escaleras entre los farallones son solitarias y se tornan peligrosas, especialmente porque hay cuevas y alguien se puede esconder y sorprenderte para hacerte daño, como ha sucedido a otras personas. No es algo en lo que piense mucho, pero prefiero evitar que lamentar, y ese día no lo evité, subí mas tarde de lo acostumbrado, por lo cual se hizo de noche.
Al finalizar mi caminata, cuando estaba próxima a llegar a las escaleras, pedí protección divina, o que al menos alguien en quien me sintiera confiada bajara al mismo tiempo que yo. A pesar de estar oscuro y algo solitario, antes de abordarlas y bajar, me sentí motivada a bajar al lago un minuto, está justo al frente, dudé pero seguí mi intuición y lo hice, total, me dije, ya oscureció de todos modos, baje unos minutos y luego subí y me dirigí a las escaleras, vi que iban a bajar dos personas que estaban ejercitándose también, al acercarme y alcanzarlos di las gracias a la divinidad por conceder mi petición y me dispuse a bajar justo detrás de ellos, pude ver a un joven alto y fuerte bajando, y delante de él a un señor algo mayor que llevaba un fornido y hermoso perro negro ¿O más bien el perro lo llevaba a él?..., era obvio que el joven deseaba rebasarlo, pero definitivamente no se atrevió. 

Mi sorpresa no fue constatar que mi petición fue escuchada al encontrar compañía, eso ya lo intuía y esperaba, sino que además de ellos estuviera también ese hermoso e intimidante ejemplar canino, quien definitivamente ahuyentaría al más peligroso criminal. Fue como queriéndome decir: “¡Hey!, por si tenías alguna duda”, me sonreí a mi misma y me dije “!Dios, te pasaste!, siempre me sorprendes”, me sentí más protegida que nunca antes al transitar esas escaleras.   


Episodios como este me llenan de satisfacción, me dan la oportunidad de agradecer doblemente mis bendiciones, se dan tan a menudo que no hay forma de dudar que soy una privilegiada, al igual que lo somos todos, que algo me guía y ofrece protección, y por fin, desde hace pocos años, he aprendido a aceptar que es porque lo merezco. 
En todos los años que llevo subiendo al parque, he visto a muchas personas pasearse con su perro, pero nunca había coincidido con ninguno bajando las escaleras. Podría preguntar por qué ese día sí, aunque también sé, y reconozco que si no me hubiera detenido esos minutos en el lago, si no hubiera seguido mi intuición, que es el llamado del alma a través del espíritu, que es quien mantiene nuestra conexión con la divinidad, no los hubiera encontrado en mi camino. 

No es que piense o sienta que de no ir primero al lago, algo malo me hubiera ocurrido, sino más bien de lo que me hubiera perdido si no lo hacía, de ese agradable momento de satisfacción, seguridad y alegría que sentí, al verme tan custodiada en respuesta a mi petición.

Dicen que Dios, la divinidad, el universo, la consciencia universal, la gran mente, la fuente divina o como le quieran llamar, (prefiero llamarle Dios aunque con una visión diferente a la generalizada), escribe derecho en líneas torcidas. Aunque me gusta esa alegoría, creo que es más bien que si caminamos por los senderos que esta entidad universal y divina nos señala, no hay forma de perder el equilibrio y que las cosas nos salgan mal, pero como no siempre lo hacemos, lo perdemos y nos salen mal, o mejor dicho, erróneas y aleccionadoras.


Ustedes me dirán, qué se necesita para creer en esa protección divina, para seguir esa intuición que a última hora cambia nuestros planes, para creer en ustedes mismos como parte de esa divinidad, de esa fuerza superior que lo rige todo, lo encausa..., y si se desvía, lo vuelve a encauzar. Que necesitan para aceptar que no todo se debe al cuerpo y su fuerza física, al intelecto, para creer que hay cosas que dependen más de lo inmaterial, de lo invisible y lo intangible, del espíritu y su energía creadora y conservadora, del poder mental y su fuerza de atracción, y de confiar en que los resultados obtenidos serán los mejores. 

¿Qué necesitan para creer y confiar?

Yo les respondo, una alta dosis de fe (creer y confiar en lo que no se ve, pero existe). Autoestima para reconocer que somos valiosos y amados, y que estamos bajo protección divina constante. Autoconfianza y seguridad en que somos poderosos, y nuestras decisiones son guiadas por una fuerza protectora mayor y superior a la nuestra, y que aliada a la nuestra, es indestructible e incorruptible. Por último, soltar todo control y dejar fluir a esa energía que vibra a nuestro alrededor. 

Algunos pensaran al leerme que es fácil creer cuando las cosas salen bien, cuando todo nos sale a pedir de boca y cuando somos felices, pero yo les digo que muchas veces las cosas no me han salido bien, que no han sido a pedir de boca y no siempre estoy feliz, y sin embargo nunca he dejado de creer, confiar y agradecer, porque sé que cuando las cosas no han salido bien, ha sido por mi falta de atención y por no llevarme de mi intuición, o quizás por molestar y llevarle la contraria a alguien, por mi soberbia y testarudez, o por mi afán de control.


Hagan un repaso de sus vidas, de esta y de las anteriores, de algunos de esos momentos decisivos y de su preámbulo, sean sinceros con ustedes mismos y vean cuantas veces han creído, confiado y agradecido en esos momentos, y analicen los resultados obtenidos. Si no han creído, ni confiado y mucho menos agradecido, a partir de este momento empiecen a sopesarlo y a hacerlo, notarán un cambio muy favorable en sus vidas.
 
No pierdan la oportunidad que cada día nos ofrece para constatarlo. Podría sufrir un accidente o ser atracada al subir las escaleras en pleno día mañana, pero pueden estar seguros de que si sucede, no es porque la divinidad no me ofreciera protección o porque dejara de creer, confiar y agradecer, sino porque esa ha sido mi necesaria y particular elección para lograr un aprendizaje que me proporcionará un bien mayor.

I. Harolina Payano T. Fluyendo armoniosamente. 

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