lunes, 16 de marzo de 2015

El contrasentido de la competición

Desde que el mundo es mundo es muy probable que haya existido de alguna forma la competición, ya que la llevamos muy arraigada en nuestro interior y la usamos en casi todos los ámbitos de la vida. La competencia se ha convertido en uno de los principales móviles del diario vivir, competimos por todo y para todo como algo natural y bien visto, y aunque el objetivo parece claro, es más bien oscuro.

Las competencias son para seleccionar al mejor, supuestamente con la idea de que nos esforcemos y demos lo mejor de nosotros, corramos la milla extra. Aún haciéndolo, no siempre somos seleccionados y esto en vez de ayudar, muchas veces resulta conflictivo y menospreciante, fastidia y perjudica. Aunque obtengas un premio y te sientas por encima de otros, siempre tendrás una espina restregándote no ser el mejor.

En un mundo con tanta diversidad de todo, por tanto también de gustos, criterios y apreciación, no existe ningún jurado totalmente imparcial que esté calificado para elegir o descartar a nadie, cada quien se parcializa de acuerdo a su criterio, gusto y apreciación, por eso las competencias que se realizan en base a la decisión de un jurado, jamás podrán ser válidas para que nadie se sienta superior y mucho menos descalificado, ya que las circunstancias de su vida son únicas y una determinada situación, estado de ánimo etc., puede influir de manera abrumadora en el momento de la competición o durante su observación. 


Las competiciones son absurdas en sí mismas, resultan tan abominables y despreciables como las comparaciones que tanto gustamos hacer entre las personas. La mayoría de las veces, los parámetros que se utilizan para escoger a los ganadores de determinados galardones, no toman en cuenta las condiciones y la calidad de vida de los participantes y resulta que lo que a muchos se les da cómodamente y sin muchos sacrificios, a otros se les da igual o casi igual con todas las incomodidades habidas y por haber y un sinfín de sacrificios. Por lo tanto, estos últimos son más meritorios y merecedores del premio, que generalmente va a parar a las manos equivocadas, por obtener quizás unas decimas menos de puntuación, pero si se sopesaran estas condiciones de vida, de seguro que sobrepasarían los límites máximos permisibles de puntaje.



Lo más sano seria premiar el esfuerzo de cada quien con un discurso emotivo y alentador, expresando un sincero agradecimiento, en caso de no poder hacer regalos a todos, pues todos realizan una labor, los que sientan que no son merecedores de tal reconocimiento, es casi seguro que mejoraran para ganárselo, aunque sea tardío. Es necesario y halagador reconocer los esfuerzos y méritos de las personas, con eso demostramos que les damos importancia y los tomamos en cuenta, lo que resulta odioso es que para hacerlo haya que desmeritar a otros, aunque no merezcan ser exaltados, tampoco merecen ser denigrados o descartados, pues nadie sabe las interioridades de nadie, ni mucho menos los traspiés que ha tenido que dar para llegar a donde está.

 “A veces se pierde lo bueno, buscando lo mejor” (Pietro Metastasio)

Harolina Payano. Fluyendo armoniosamente. 

Esta entrada fue publicada en el periódico El Caribe:
http://issuu.com/elcaribe/docs/dn_20150323?e=1423128/3825453

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