jueves, 6 de septiembre de 2018

Una extraña pregunta

¿A quien matamos cada vez que triunfamos?

Esta interrogante surgió en un comentario que le hiciera a Federico Rivolta, un compañero bloguero que escribe cuentos de terror y “Relatos Oscuros”, así se llama su blog por cierto. Sus historias muchas espeluznantes, siempre tienen un enigmático trasfondo reflexivo que me llama la atención, y me he convertido en una de sus fieles lectoras.

Volviendo a la interrogante, que surgió al leer su relato titulado “Uno de terror” (espero que no se lo pierdan), al descifrar la reflexión encriptada en él, esta me llevó a pensar, si siempre detrás de un logro o triunfo, habrá un daño colateral a alguien, por muy ajeno que parezca a nosotros y al entorno donde nos movemos.

Lo cierto es que en un mundo tan competitivo como el actual, por cada triunfador hay mas de un perdedor, y por cada triunfo alcanzado, habrá más de una decepción antes de alcanzarlo, siempre pasaremos por encima de alguien, opacaremos su hacer y le quitaremos mérito a otras personas que también lucharon por salir adelante, y también, competiremos con nuestro Yo, con nuestro desempeño anterior.

Cada día es un nuevo reto, un sueño convertido en pesadilla y una pesadilla hecha realidad. Y por cada pesadilla hecha realidad, hay un hermoso sueño por nacer y convertirse en éxito. Mientras eso nos sucede, hay muchos sueños rotos abandonados, y muchas pesadillas amargas, asimiladas como un buen sueño.


Pero no quiero salirme de la pregunta inicial, y la voy a reformular así: 

¿De veras matamos algo o a alguien, cada vez que tenemos éxito?

¿Que piensan ustedes de todos los que ganan los segundos, terceros y los subsiguientes lugares? ¿No es acaso una especie de muerte el decretar que no obtuvieron el primer lugar? Al menos en las competencias lo es, aunque no a todos les afecte igual. Por eso las aborrezco, hacen mas daño que bien, ya que no consideran el verdadero esfuerzo realizado.

A la mayoría siempre nos preocupa nuestro desenvolvimiento, y sobre todo, ese al que ya estamos acostumbrados, el día que nos falla, empezamos a notarlo, y al pasar los días sin recuperarlo del todo, empezamos a exigirnos cada vez mas, y seguimos así hasta hacerlo surgir, sin importar a quien derribamos en el trayecto, y sobre todo, sin analizar siquiera, que es a nosotros mismos a quien mutilamos y no nos permitimos renovar y cambiar nuestras destrezas por otras, haciendo siempre lo mismo, lo que se espera de nosotros, le tememos al cambio y sobre todo, al que dirán.

Dicen que la costumbre hace ley, que del artista consumado se espera buen arte, del maestro buena enseñanza, del político buena filosofía, del gobernante buen gobierno, y del individuo, buenas aspiraciones para su propia realización, para lo cual, debe tener ciertas costumbres desarrolladas e inmutables, como si fuera cuestión de meditar, recitar un mantra, o de frotar la famosa lámpara de Aladino. Pero esa propia realización, a quien nos atañe es a nosotros y a nadie más.


Definitivamente que la alegría de muchos, es la amargura de otros tantos, y que la cordura de unos, es la locura de otros. Entonces la respuesta a la pregunta inicial reformulada, es afirmativa, porque siempre matamos algo o a alguien cada vez que triunfamos, aun sea a nuestro Yo anterior por habernos superado. 

Un triunfo se apoya en una o varias derrotas, una o varias muertes. Aunque estas muertes no sean físicamente reales, emocionalmente sí lo son, y a la larga, son las causantes de muchas enfermedades y muertes físicas. Cuando forzamos las cosas para que se hagan realidad, indudablemente hay que esperar la fisura, la rotura o el colapso total de una estructura que estaba cimentada en varios pilares y alguno colapsó, y a veces lo hacen todos al mismo tiempo.

Cuando un sueño se fuerza mucho mas de lo debido, se quiebra, y ya no vuelve a ser lo mismo, su esencia de alguna manera cambia y con ella su satisfacción por el logro alcanzado también, y se convierte mas que en un sueño realizado, en una latosa pesadilla.


Démosle paso al libre fluir de la vida, sin forzar demasiado las cosas, recibamos con cautela, pero con buenas intenciones los cambios, estemos atentos y muy despiertos al renacer creativo del alma que nos habita, marcado por el libre y majestuoso vuelo de nuestro espíritu indestructible y valiosamente adiestrado, para dejar salir así, las maravillas que nutren la esencia de la vida, sus cambios y transformaciones, su indiscutible gozo y su eternidad.

I. Harolina Payano T. Fluyendo armoniosamente. 

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