El título de la entrada, un dicho o refrán harto conocido, por si solo da explicación a la vida y a sus menesteres cotidianos, y nos insta a asegurar la existencia del libre albedrío, donde cada quien es dueño de su vida y de sí y tiene sus propias creaciones e interpretaciones a realizar en el teatro de la vida y el colectivo humano.
Cada alma tiene su reflejo donde se reconoce, así como lo muestra la imagen inferior, pero cada alma humana, como bien lo dijo el filósofo y sabio griego Sócrates, tiene su “daemon”, o sea, “su voz profética dentro de sí, proveniente de un poder superior”, por lo que cada alma, aunque dude qué debe hacer, sabe si está en el lugar y el momento exacto para ejercer cada representación de su acto, gracias a ese reflejo.
La realidad de la vida es que todos sin excepciones, tenemos un alma, un cuerpo y un espíritu, y es el espíritu quien conoce toda la información de su existencia y lo que ha venido a hacer en cada encarnación y en cada dimensión. El alma, acompañante fiel, nunca lo abandona, y ayuda a aclararle las dudas que la mente (ese procesador interno, en el que se materializa el cuerpo) pudiera crear por desvirtuar la realidad, pues en cada ser humano hay millones de posibilidades y percepciones, y es muy posible que todas sean válidas, aunque no en el mismo espacio tiempo.
“La brújula dorada” el libro de Philip
Pullman (que no he leído pero ví la película) trata el tema de los daemon o
daimonion un poco diferente a lo que los griegos definían como daemon “un
término utilizado para referirse a diferentes realidades que comparten los
rasgos fundamentales de lo que en otras tradiciones se denominan ángeles y
demonios”, para Pullman daimonion es el alma de la persona que habita fuera de
su cuerpo en forma animal, o sea que, el alma está afuera, en el cuerpo de un
animal que siempre lo acompaña.
El libre albedrío nos permite tener almas libres, y aunque no siempre el cuerpo esté en libertad, al menos la imaginación nos da alas para volar y llegar a cualquier confín del universo. Transitamos generalmente acompañados la mayor parte de nuestra vida, pero también caminamos muchos trayectos a solas, buscando silencio para reencontrarnos con nuestro daemon perdido, y volver a escuchar esa voz del ser interior.
A los humanos siempre nos gusta hacer de
críticos o jueces, y nos encanta llevar vidas ajenas, inferir y dilucidar sobre
las acciones de los demás, recomponiendo su mundo y resolviéndoles la vida a
nuestra manera, desde nuestras perspectivas, sin guardar el menor respeto a
esas almas que han elegido su transitar y planificado con antelación y mucho
cuidado cada paso a dar, poniendo avisos o piedras en el camino, que los hagan
tropezar y recordar lo acordado.
Como agua y espuma, así conviven el alma y el espíritu, se unen y se separan, se tocan y se alejan, se crean y recrean entre olas de vida, se disuelven y evaporan para volverse a juntar, y aunque se perciba cierta dependencia, no dejan de ser libres, al igual que nosotros los humanos, que a pesar de los límites materiales, y de las fricciones, nos movemos con facilidad, ya que dentro de cada uno hay un universo infinito de libertades.
Quizás sea por eso que somos expertos montando al vuelo la obra en el teatro de la vida, y ejecutamos en la imaginación una actuación magistral, pero casi siempre en la vida de otros, no en la nuestra. Nos resulta tan espontáneo y fácil criticar y juzgar a los demás... mientras, en apariencia, nuestra propia vida sigue caminos a tientas, dudamos y erramos. Pero no es así en realidad, el espíritu puede dudar pero sabe, y el alma le hace el recordatorio.
Así como criticamos y juzgamos, de la misma manera somos criticados y juzgados por los demás, pero algo tenemos claro, cada episodio de la vida, por muy igual que parezca, es diferente, ya que son otros los protagonistas, y otras las sensaciones y emociones experimentadas.
Nadie piensa en cabeza ajena y no es lo mismo estar en la hoguera, que mirar al que lo está, e imaginar estarlo y arder junto a él, o suponer lo duro que debe ser el invierno, por ver a otros congelarse de frío.
Por eso es muy verás el dicho que reza, “Antes de juzgarme, ponte en mis zapatos y transita mi senda”, le agregaría “con mis pies”, pues estos tienen diferentes presiones y puntos de apoyo al pisar.
Así que solo nos queda aceptar y afirmar que definitivamente, cada cabeza, es un mundo, y agregaría “a conquistar”, pues cada mundo creado es maravillosamente perfecto.
Completando ambas frases, diría a boca llena que:
“ANTES DE JUZGARME, PONTE EN MIS ZAPATOS Y TRANSITA MI SENDA CON MIS PIES”
Y “CADA CABEZA, ES UN MUNDO A CONQUISTAR”.
I. Harolina Payano T. Fluyendo armoniosamente.
Pedimos excusas si alguna imagen usada tiene derecho de autor, al avisarnos la retiraremos.











