Recientemente compré un pequeño reloj de arena que llamó mi atención estando en una tienda. Quise saber por qué me sentí tan atraída a comprarlo, y buscando información sobre sus orígenes, encontré este interesante artículo sobre él.
Leyendo su contenido me topé con la palabra templanza, una virtud ligada al equilibrio, se fundamenta en el autocontrol, en el manejo adecuado de las emociones fuertes y arrebatadoras de armonía y paz, en la moderación y la calma.
Así que la templanza no es otra cosa que mantenernos en equilibrio y usar las tempestades de la vida a nuestro favor.
Volviendo al reloj de arena, el cual asocian con esa virtud llamada templanza, me atrevo a decir que también está estrechamente ligado a otra virtud, la paciencia, que no es otra cosa que el arte de mantenerse en calma cuando estamos a la espera de algo o alguien, o de no darle paso a la desesperación.
Cada grano de arena contenido en el reloj, debe esperar su momento justo para pasar y bajar, no lo hará antes ni después, si no cuando sea preciso, y de la misma manera tendrán que esperar ambos extremos del reloj, uno para llenarse y el otro para vaciarse. Y todo el reloj deberá esperar pacientemente hasta que alguien lo vuelva a invertir para poner la arena de nuevo en movimiento y cumpla así su finalidad, esto nos habla del devenir, de lo que puede suceder…, de esperanza.
Aunque en sus orígenes este reloj fue usado para medir con precisión el tiempo de los navegantes, hoy día ese uso está descontinuado gracias a la tecnología, es más bien decorativo y filosófico, de observación a manera de concentración, incluso sirve para jugar con él un poco y calmar los nervios…, pero este enigmático artefacto, tiene mucho que enseñarnos todavía.
Sentarse frente al reloj a observar su funcionamiento una y otra vez, permite apreciar cómo pasa el tiempo, ni tan rápido, ni tan lento, más bien en un compás adecuado y equilibrado, viendo que todo pasa y nada queda, tal cual la vida misma, por lo que las preocupaciones salen sobrando.
Observarlo mientras completa su ciclo nos deja ver muchas cosas, entre ellas:
Que donde hubo abundancia después hay carencia, y viceversa, que nada es estático ni permanente.
Que hay holgura y estrechez y cada una con su función primordial e importante.
Que como es arriba, es abajo.
Que el espacio entre los extremos, el centro, siempre es el lugar ideal, donde ocurren la magia y los milagros.
Que los extremos suelen tener un alto grado de riesgo o perturbación.
Que siempre hay manera de volver a empezar o revertir las cosas.
Que muchas veces se necesita una intervención externa, o un empujoncito para arrancar.
Que la exactitud y perseverancia son la clave del éxito.
Que todo sigue un orden inquebrantable y perfecto...
Apreciar todo esto, nos hace sentir que somos muy semejantes a ese reloj, y asimilándolo, se aprende a vivir mejor.
Esto me hace pensar en las cometas, papalotes o chichiguas, como les llamamos acá. Se preguntarán el porqué.
Porque también necesita del equilibrio, y por lo “sencillo y complicado” a la vez, que es construirlas y luego hacerlas volar.
Hay que medir bien todo, con bastante exactitud, escoger un papel ligero y sobre todo tener pendiente el largo de la cola y la cantidad de hilo, y además tener la destreza para hacerla volar y mantenerla en el aire volando con gracia, y que resulte divertido.
Para todo eso se necesita el equilibrio del conjunto, tanto de la cometa y sus partes, como de los movimientos de quien la sostiene y la eleva usando el viento a su favor.
Si amigos, dos inventos muy simples pero con una construcción compleja, pues prima en ellos la exactitud.
Así mismo es la vida, muy simple en apariencia, pero construirla día a día, resulta muy complejo.
Quitar de nuestra mente todas esas etiquetas que nos llevan a criticar, enjuiciar y condenar al prójimo, no es tan simple.
Aprender a vivir con paz y serenidad, comprendiendo y amando, siendo empáticos y aceptando que la divinidad de cada cual se manifiesta de manera diferente, es bastante complejo.
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