En muchas ocasiones de nuestra vida hemos escuchado decir que lo que nos falta a las personas hoy día, es saber integrarnos, meternos de lleno en las cosas que hacemos, porque aparentemente, vivimos separados de nosotros mismos.
El cuerpo nos mantiene firmes en este plano terrenal, la mente nos sostiene gracias a la memoria (el aprendizaje, y conocimiento de las cosas), pero el espíritu se encarga de fijar a la mente en ese cuerpo y de paso, conectarse a ellos a través del alma, dando lugar a la comprensión de lo aprendido y vivido a diario.
Mayormente andamos como mutilados, un cuerpo con su mente dispersa y sin su espíritu junto a él, siente mucho miedo, y este dúo (cuerpo / mente), sin un espíritu que lo guíe y unifique su estar y su ser, es como un barco navegando en alta mar, sin timón ni capitán, a la deriva.
Mientras nuestro cuerpo en determinado momento ocupa un lugar específico sobre la tierra, nuestra mente divaga por los cielos y nuestro espíritu está en conflicto, pues no sabe en dónde se encuentra en realidad, si en la tierra, en el cielo, o en el más allá.
Algo que es muy común hoy, es que cuando le hablas a alguien, ese alguien (tu interlocutor), sea lo que sea que le digas, su primera respuesta es ¿Eh?, aun te haya escuchado.
Como su mente anda dispersa, no está seguro de haberlo hecho, y menos de haber entendido, solo sabe que escuchó un murmullo y cuando por fin reacciona, solo atina a decir ese, ¿Eh?
Un globo inflado es un espectáculo en sí. Imaginen que el globo es el cuerpo, y la mente el aire que se introduce en él, pero sin un mecanismo para inflarlo y cerrarlo luego (que sería el espíritu), el globo nunca llegaría a ser una atracción, pues permanece flácido y sin gracia.
Así mismo lucimos todos cuando estamos alejados de nuestro espíritu y deambulamos a la deriva en un mar de confusiones y temores.
El cuerpo viene a ser como la comida y la mente como la bebida, pero el espíritu, es como el gran procesador que nos permite asimilar esas calorías y nutrientes, y nos hace respirar y vivir sanamente, sin él la comida y bebida no son nada, sin su presencia, no hay integración ni asimilación.
La integración es como esa sabrosa torta, todos los ingredientes son buenos por separado, pero nada como ese delicioso resultado final al fundirlos todos.
Cuando el cuerpo, la mente y el espíritu se mantienen en completa integración armónica, la vida se convierte en una hermosa celebración. Porque al unificarse todos en una misma energía, no hay desequilibrios ni descompensación. Todo fluye en una misma dirección, sin dudas o conflictos internos, sin contradicciones o incoherencias.
Si nos permitimos ser auténticos y mantener integradas todas las partes de nuestro ser absoluto, nos convertimos en nuestra propia perfección. Somos todo un espectáculo, ni nos falta, ni nos sobra nada, todo danza a nuestro alrededor, irradiando un aura pura, alegrando cada centímetro de tierra, purificando cada molécula de aire que respiramos y expulsamos, y embelleciendo cada pedazo del hermoso cielo que nos cubre.
Si nos sentimos separados, empecemos a definirnos como personas integradas, a sentirnos completos. Digámosle adiós a la separación de uno mismo, que es semejante a esa maquinaria industrial, cuyas partes nunca podrán hacer el trabajo que requiere el conjunto. Desarmándola no obtendremos ningún resultado.
Reconozcamos cada pedazo de nuestro ser, y su vital importancia, pero no permitamos que ninguna trabaje sola, o que gobierne más que las otras dos, tratemos de que todas estén en el mismo nivel de importancia, sintonía y armonía.
La mejor forma de medir esta equitativa y balanceada interacción, es a través de la integración, la cual nos genera una sensación de gozo y serenidad que nos envuelve en un halo de felicidad.
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